EDITORIAL PASQUIN NO.127
“La pasión desencadena en la gente fuerzas escondidas, intuiciones certeras, poderes que se hallan agazapados”
Jaime Bateman Cayón.
Es ineludible pensar en la historia política de Colombia sin sentir coraje, pues la historia política de Colombia es hiriente. La historia de Colombia es vergonzosa, humillante. La historia de Colombia no hace más que reiterar que las aspiraciones de libertad que nos preceden han sido frustradas por el crimen.
La muerte abominable ha sido la insignia patria. Nadie se enfadará al escuchar esta sentencia, no habrá enojos porque es nuestra verdad. Las esperanzas políticas nacidas en el seno de los sectores más humildes en el campo y en la ciudad fueron eclipsadas con crueldad, quizá porque en Colombia dotar el cuerpo de esperanza histórica, de fervor colectivo, de convicciones apasionadas guiadas por la lucha hacia el bienestar común es un delito inaceptable.
Todos aquellos hombres y mujeres que en la historia de Colombia sustituyeron la espera resignada por la dignidad vital y activa fueron tachados de malhechores. Quienes prefirieron hacer uso de sus virtudes éticas e intelectuales y deshacerse de la paciencia inmóvil, inerte y moribunda fueron revestidos con la ilegalidad y acosados con la amenaza de prisión. ¡¡¡Por eso si alguien quiere obtener rápidamente su acta de defunción, venga a Colombia a hacer uso público de sus libertades políticas ¡!!!!
Sin embargo ante tanto oscurantismo, ante tanta impostura politiquera, ante tanto desprecio por lo humano, ante tantas generaciones y tanta vida ultrajada y tantas expectativas engañadas, hay quienes sin cobardía y sin debilidad continúan retando a la hipocresía y a la soberbia de los gobernantes.
Este peculiar movimiento de la dialéctica histórica, que contrapone la fuerza del poder insensible y cínico a la fuerza de los que claman justicia soberana, obliga a la Universidad a una impostergable toma de postura. La Universidad dotada de sus aptitudes humanas más vigorizadas que nunca, tiene ante sí la responsabilidad de alzar la voz y cuestionar las causas de la desdicha nacional. Ha llegado el momento de que la Universidad manifieste su dignidad perseverante dirigida al logro de la justicia soberana.
La Universidad no es una pocilga de mediocridad, no es un refugio para la despreocupación, para el entretenimiento acrítico; la Universidad es audiencia, escalinatas agitadas dónde se hace uso público de la razón, de las emociones, de los sentimientos, de lo cerebral, de lo muscular. Y probablemente por rebatir a la ignorancia, a la pereza, a la indiferencia insensible, la Universidad sea acreedora de dicterios de ilegalidad; por no inclinar su cabeza ante el vaivén de la realidad diaria la Universidad podrá ser tachada de portadora de proposiciones infundadas. La Universidad es consciencia crítica y como tal debe comportarse, por muy incómoda que pueda resultar, le ha llegado la hora a la actividad mental de la Universidad de defender su “porte ilegal de pensamiento”.
Jaime Bateman Cayón.
Es ineludible pensar en la historia política de Colombia sin sentir coraje, pues la historia política de Colombia es hiriente. La historia de Colombia es vergonzosa, humillante. La historia de Colombia no hace más que reiterar que las aspiraciones de libertad que nos preceden han sido frustradas por el crimen.
La muerte abominable ha sido la insignia patria. Nadie se enfadará al escuchar esta sentencia, no habrá enojos porque es nuestra verdad. Las esperanzas políticas nacidas en el seno de los sectores más humildes en el campo y en la ciudad fueron eclipsadas con crueldad, quizá porque en Colombia dotar el cuerpo de esperanza histórica, de fervor colectivo, de convicciones apasionadas guiadas por la lucha hacia el bienestar común es un delito inaceptable.
Todos aquellos hombres y mujeres que en la historia de Colombia sustituyeron la espera resignada por la dignidad vital y activa fueron tachados de malhechores. Quienes prefirieron hacer uso de sus virtudes éticas e intelectuales y deshacerse de la paciencia inmóvil, inerte y moribunda fueron revestidos con la ilegalidad y acosados con la amenaza de prisión. ¡¡¡Por eso si alguien quiere obtener rápidamente su acta de defunción, venga a Colombia a hacer uso público de sus libertades políticas ¡!!!!
Sin embargo ante tanto oscurantismo, ante tanta impostura politiquera, ante tanto desprecio por lo humano, ante tantas generaciones y tanta vida ultrajada y tantas expectativas engañadas, hay quienes sin cobardía y sin debilidad continúan retando a la hipocresía y a la soberbia de los gobernantes.
Este peculiar movimiento de la dialéctica histórica, que contrapone la fuerza del poder insensible y cínico a la fuerza de los que claman justicia soberana, obliga a la Universidad a una impostergable toma de postura. La Universidad dotada de sus aptitudes humanas más vigorizadas que nunca, tiene ante sí la responsabilidad de alzar la voz y cuestionar las causas de la desdicha nacional. Ha llegado el momento de que la Universidad manifieste su dignidad perseverante dirigida al logro de la justicia soberana.
La Universidad no es una pocilga de mediocridad, no es un refugio para la despreocupación, para el entretenimiento acrítico; la Universidad es audiencia, escalinatas agitadas dónde se hace uso público de la razón, de las emociones, de los sentimientos, de lo cerebral, de lo muscular. Y probablemente por rebatir a la ignorancia, a la pereza, a la indiferencia insensible, la Universidad sea acreedora de dicterios de ilegalidad; por no inclinar su cabeza ante el vaivén de la realidad diaria la Universidad podrá ser tachada de portadora de proposiciones infundadas. La Universidad es consciencia crítica y como tal debe comportarse, por muy incómoda que pueda resultar, le ha llegado la hora a la actividad mental de la Universidad de defender su “porte ilegal de pensamiento”.